27.10.09

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Existían en un lugar recóndito de su memoria, donde nadie podía entrar. Después de tanto tiempo incluso a ella le costaba abrir las puertas de aquel sitio, especialmente para salir.

La entrada se ofrecía oscura y polvorienta, con un olor acre que le impregnaba el cerebro. Tras un pasillo estrecho por el que era imposible pasar sin hacerse la ropa jirones y desangrarse la piel se abría una bóveda majestuosa. La estancia era inmensa y del techo llovían lágrimas. A los lados se amontonaban retratos y fotografías en blanco y negro. Si se era capaz de apartar los puñales de odio y rencor que minaban cada paso y avanzar hasta el medio de aquel lugar, se llegaba a un pequeño altar; y si se tenía la insensatez de abordarlo, se hallaba una pequeña caja roja.

Allí dentro se guardaban sus besos, en una caja de Pandora que, de abrirla, destrozaría inevitablemente sus cimientos.