El mapa de tus huesos se dibujaba sobre tu espalda. Estabamos demasiado delgados y entrecruzabamos nuestras manos y cuerpos fríos. Tu fino pelo se deslizaba por tus mejillas arandote los pómulos y a veces esgrimías una sonrisa melancólica en tus ojos ¡Qué solos estabamos los dos! ¡Qué cortas nuestras horas ganadas al tiempo!
En ocasiones te vestías en la cama, para no morirte de frío. Yo me reía, feliz de haber podido calentar tu piel polar. Otras veces le echabas valor, desafiabas al mundo y te ponías de pie, y yo te observaba: tus hombros, tus caderas marcadas, tus minúsculas piernas de muñeca; y recordaba como mis labios erizaban tu piel la noche anterior.
En ocasiones te vestías en la cama, para no morirte de frío. Yo me reía, feliz de haber podido calentar tu piel polar. Otras veces le echabas valor, desafiabas al mundo y te ponías de pie, y yo te observaba: tus hombros, tus caderas marcadas, tus minúsculas piernas de muñeca; y recordaba como mis labios erizaban tu piel la noche anterior.