Tenía mi alma apuntalada gracias a ti y, sin embargo, tu eras apenas un mastil resquebrajado. Por eso no te voy a echar la culpa, porque supe desde el principio cual era la situación.
Lo admito, el único que jugó con fuego, que toco las brasas, fui yo; pero... ah! parecías tan sincera en tus palabras... parecías tan ardiente en tus miradas... No. No puedo culparte de cautivar. No se le pueden echar culpas ni a tu sonrisa, ni a tus labios, ni a tus caderas, ni a tus ojos de gata... Jamás te sentí (aunque quise) como hubieramos deseado sentirnos y eso, bien lo sabes nena, solo fue culpa mía.
Ahora es lo de siempre; divagar, divagar, divagar... Otra de esas canciones tristes de las que te hacen pensar; volver a esperar y pensar que, en fin, volverá a suceder.
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